miércoles, 30 de septiembre de 2009

Tarata. La ultima película de fabricio Aguilar… cuando lei el argumento me interese por la película, pues a diferencia de muchos films pasados ya me habia cansado del mismo panorama indígena suprimido tanto por senderistas como por militares, el abuso de estas historias me causaba un sentimiento de lo mismo.

Por ello aposte por la cinta de Aguilar, y para que voy ha mentir, era lo que esperaba, en esta cinta no vemos las clásicas explosiones de los coche bombas, o las marchas y reuniones senderistas, sin embargo la mención de estos esta presente y su influyente miedo esta especialmente reflejado en el menor de los hijos.

Tarata marca una pauta, un punto diferente del clásico, una visión del terrorismo latente sin tenerlo al lado. Aguilar intenta reflejar el círculo cerrado, comprimido en el cual las familias limeñas de la clase media vivian.

Las tomas cerradas, frias en su composición, apostando por el plano cerrado a la espera que las expresiones reflejen las angustias y preocupaciones. La cinta en varias partes se vuelve lenta forzando el modelo

Muchos sentirán la película aburrida y tediosa sin un contenido, y hay que advertir que tarata no es una historia como las hollywodenses que marca un inicio y final feliz, tarata solo es el reflejo colateral de una familia en vuelta en una historia general de violencia y restricciones originadas por el terrorismo.




Sin embargo creo que la película no encuentra como acabar, se desliza sobre un clima de separación familiar que no tiene un climax final. Y termina como muchas películas peruanas

viernes, 28 de agosto de 2009

HERMANO DEL ALMA

Peleamos, no dejas de joder, eres amable cuando eres culpable, no puedes quedarte quieto, siempre intentas desafiar a todo lo que tienes al frente, y me arrastrar hasta quedar tan embarrado en la culpa.

Hace dos días desapareciste pero yo nunca me alarme son muchas las veces que desapareces, dos día tal vez tres, y siempre regresas porque conoces muy bien el camino de regreso.

Recuerdo que la primera vez que peleamos terminamos con tantos moretones que nuestros familiares se reían al vernos, como si se tratase de un espectáculo de lucha libre. Tú aquel día estabas enojado, no por la pelea y mucho menos por los familiares una tía metiche con sus hijos, unos primos que más parecían enemigo del alma antes que primos de sangre. La rabia te embargaba porque habías prometido a nuestra madre que ya no tendrías problemas con su hermana. Solo eso te contenía de arremeter contra aquella señora.

Nunca me ocupe de los asuntos familiares a pesar que sabia que nuestro padre estaba al borde del embargo por que su hermano a quien había ayudado en un préstamo como garante, huyo de ciudad a algún pueblo por ahí, dejando a su esposa e hija al cuidado de los padres de ella. Papá no odiaba a su hermano y yo no podía entender por que seguía pendiente, como si fuera a regresar. Acaso conocía tan bien a su hermano que ya sabia que este nunca iba a terminar de pagar la deuda, tanto lo quería, no me lo explico.

Hoy cuando al verte entrar por la puerta de la sala esperaba que actuaras de esa forma clásica tuya, fresco y sin remordimientos, con toda la tranquilidad a pesar que los gritos de los viejos te esperaban en la cocina. Te diste cuenta que estaba en la sala intentando dormir recostado en el sofá, solo atinaste a decir – buenas – con una seriedad que por primera vez me preocupo. Te demoraste en la cocina diez minutos, saliste te acercaste a mí y me dijiste – adiós hermanito – fue en ese momento, con esas dos palabras, con ese brillo en los ojos que entendí por que mamá te pedía que no pelearas con la tía, porque nuestro padre esperaba noticias de su hermano, y es que no importa el tiempo, los cambios o las decisiones que tomes, somos hermanos y nunca dejaremos de serlo.